La vuelta a la hegemonía del sector estatal se topa con las urnas en México

Emili J. Blasco
Actualizado:09/06/2021 12:38h
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El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, habla siempre de la Cuarta Transformación, el desarrollo del país que debe seguir a los hitos de la Independencia, la Reforma y la Revolución mexicanas. Pero en el fondo lo que plantea es un regreso a las décadas de 1960 y 1970, en las que el sector estatal, por su dominio de un negocio petrolero absolutamente determinante en la economía nacional e internacional, era omnipotente. En aquel entonces, el presidente mexicano, al frente de un hegemónico PRI, hacía y deshacía en el país, y eso es lo que López Obrador parece querer recrear, ahora con su partido Morena.

La marcha atrás dada por López Obrador en la apertura del sector de los hidrocarburos a empresas privadas, en una liberalización que se había acordado en la anterior presidencia, y el plan para imponer la electricidad generada por la compañía estatal son muestras de ese intento de regreso al pasado. En esa misma dirección están también, entre otras medidas, la entrega a los militares de ciertas actividades económicas (como contratas para la realización de infraestructuras), el nada oculto propósito de controlar el poder judicial y el deseo de una mayor intervención en el Banco Central.

Las
elecciones de medio mandato del pasado domingo dificultaron esa agenda de López Obrador, al negarle la mayoría cualificada que buscaba en la Cámara de Diputados. Las elecciones evidenciaron que, aunque la popularidad del presidente permanece alta y Morena sigue teniendo la posición mayoritaria alcanzada en 2018, esa opción ha perdido lustre y la oposición ha mostrado fortaleza en determinados estados y municipios.

Los resultados permiten descartar un proceso de cambio constitucional que autorice la reelección presidencial (una conquista de la revolución mexicana de 1910, nuclear en el sistema político nacional), con la consiguiente posible prolongación en el poder del propio López Obrador. No obstante, este cuenta con poder suficiente para insistir en el deseo de situar importantes sectores, como el energético o el de infraestructuras, bajo control estatal.

El arma de Chávez, pero desfasada

La hegemonía chavista en Venezuela se construyó a partir de la toma de control directo y
partidista de la petrolera estatal PDVSA, en un momento de subida permanente del precio internacional del crudo. Pero mientras Venezuela siempre ha sido un petroestado, en el que este rubro supone la gran mayoría de las exportaciones y de la fuente de divisas, en México el petróleo ha dejado de estar en el centro de la economía. Hoy la economía mexicana se encuentra mucho más diversificada que en las épocas de poder omnímodo del PRI. En 1980 el petróleo constituía el 62% de las exportaciones; en 2005, tras
unos años de rodaje del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, había bajado ya al 13%, y en 2019 fue de solo el 5,5%. La médula del PIB mexicano la constituyen ahora las manufacturas.

De ahí que espantar a la iniciativa privada como está haciendo López Obrador sea la peor estrategia para el desarrollo del país. La anulación de las obras para el nuevo aeropuerto de Ciudad de México, que estaban avanzadas en sus dos terceras partes, fue la primera confrontación de López Obrador con el mundo empresarial nada más llegar al poder; luego siguió la violación de contratos en adjudicaciones en el sector energético y la guerra retórica contra grandes inversores extranjeros, como las multinacionales españolas.

No es de extrañar, entonces, que México recibiera en 2019 un 22% menos en inversión extranjera directa que en 2018 (los datos de 2020, también deficientes, pueden atribuirse en parte a la pandemia). Estados Unidos, muy vinculado a México como vecino y sobre todo por el tratado de libre comercio norteamericano, fue el primero en mirar con suspicacia el nuevo clima antinegocios mexicano: históricamente, las empresas estadounidenses habían liderado las entradas de inversión directa en México, sin embargo, en 2019 quedaron por debajo de la inversión realizada desde Europa (los flujos provenientes de España cayeron un 3,1%, aunque ese país siguió siendo el principal inversor europeo).

En 2020 el comercio de
México con Estados Unidos se redujo un 12,4% respecto al año anterior. México sigue siendo coyunturalmente el primer socio comercial de EE.UU., posición alcanzada al abrirse la guerra comercial entre Washington y Pekín, pero su ventaja es ahora mínima: en los tres primeros meses de 2021, el comercio de EE.UU. con México fue de 153.906 dólares, apenas 3.000 más que el comercio con Canadá y 5.000 más que el mantenido con China, según las estadísticas estadounidenses.

Oportunidad frente a China, en riesgo

López Obrador puede estar haciendo perder a México una oportunidad clave. La pandemia ha quebrado muchas de las cadenas de suministros que antes tenían a China como gozne estratégico y México podría atraer algunas de esas rutas, especialmente las que afectan a productos que acaban en el mercado de Estados Unidos. La industria manufacturera instalada en México ofrece calidad a un precio competitivo, cuando los propios salarios en China van cerrando la distancia a medida que aumenta el consumo interno.

López Obrador no se ha preocupado en mejorar un clima propicio para la atracción de capital, dejando de lado, al menos aparentemente,
el problema de los carteles de narcotráfico, y adoptando un perfil bajo en la gestión de la pandemia. Con una caída del PIB del 8,3%, México tuvo en 2020 uno de los peores datos de las economías latinoamericanas; para 2021, el Banco Mundial prevé un crecimiento del 5%, insuficiente para recuperar la producción anterior a la crisis.

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