José M. de Areilza: Biden, balance y eclipse

José M. de Areilza
Actualizado:08/01/2022 01:20h
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La presidencia de Joe Biden comenzó hace un año en medio de grandes expectativas. Su tarea más difícil y urgente era unir al país, polarizado y dividido en dos mitades. Además era esencial atajar la doble crisis sanitaria y económica y conseguir que Estados Unidos volviese a jugar un papel constructivo en el mundo. Doce meses después, el balance global es positivo, pero muy insuficiente. La campaña de vacunación no ha funcionado y se ha contaminado de ideología. Aunque se ha aprobado el paquete de estímulos económicos, la legislación sobre infraestructuras está atascada. El fiasco de Afganistán ha servido para ilustrar que la diplomacia americana sigue funcionando a medio gas. A partir de las elecciones de noviembre, es muy probable

 que los demócratas pierdan la mayoría en las dos cámaras. Si esto sucede, las cosas se pondrán cuesta arriba para la Casa Blanca.

El presidente no ha conseguido ser un factor de unión para su país y en su propio partido falta disciplina, con un ala izquierda radical muy visible, alejada de la mayoría de los votantes. Los demócratas han abierto el debate sobre quién sucederá a Biden en su único mandato, una vez descartada Kamala Harris, a quien le queda grande hasta la vicepresidencia.

Por su parte, los republicanos muestran una unidad casi total alrededor de Donald Trump, que se ha ocupado de purgar a los críticos. La gran mayoría de sus votantes siguen pensando, sin prueba alguna, que las anteriores elecciones no fueron limpias. Restan importancia a la insurrección del pasado 6 de enero. Enarbolan sus preferencias en política económica o en materia social para no ver el peligro que representa la peligrosa fórmula nacionalista-populista del magnate neoyorquino, que ha sustituido al pensamiento conservador. En casi una veintena de Estados dominados por los republicanos se ha aprobado reformas legislativas para que el recuento de votos esté sometido a supervisión política. Nadie descarta la vuelta en 2024 de un Trump renacido. Mientras tanto, a Biden le queda poco tiempo antes de mutar en lo que en Washington se llama un pato cojo, sin capital político ni agenda.

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